jueves, 6 de julio de 2017

Escribir mujer: Rocío Sliva Santiesteban

ROCÍO SILVA SANTIESTEBAN (Lima, 1963-)

«Escribimos para ser». Elena Poniatowsca
«No quiero la belleza, quiero la identidad». Clarice Lispector

Esta escritora peruana ha publicado cuatro libros de poesía: Asuntos circunstanciales (1984), Ese oficio no me gusta (1987), Mariposa negra (1993, 1998) y Condenado amor (1995) y uno de relatos, Me perturbas (1994 y 2001); también destaca en su labor ensayística y teórica, en particular sobre temas de género.


R.S.S se posiciona en contra de la afirmación de que la literatura no tiene género (entendido este como la construcción social de la diferencia sexual). Para ella lo literario no puede escapar de los roles sociales asignados a hombres y a mujeres. Por lo tanto, la literatura escrita por mujeres estará impregnada inevitablemente por esa huella. Este debate ha dado lugar a muchas opiniones encontradas dentro y fuera del feminismo.

Las mujeres que escriben desde una conciencia feminista buscan encontrar su voz, tradicionalmente silenciada o ninguneada por una sociedad patriarcal. El lenguaje es un arma de poder. Las mujeres como grupo minorizado (término utilizado por Susana Reisz): marginadas en el interior de cada cultura y de cada clase social, tienen que hacerse un hueco en la lengua dominante cuando escriben y usurpar/conquistar su espacio, lo cual convierte el ejercicio de la literatura en un acto combativo en sí mismo.

Estas reflexiones se inscriben en el contexto del feminismo en Latinoamérica a partir de los años 80, que suponen la asunción plena de postulados feministas reivindicados y luchados en las dos décadas anteriores, que buscaban sacar a la luz los mecanismos opresores de la cultura patriarcal y preguntarse por la identidad femenina en general y la identidad de la mujer latinoamericana en particular. Hay un cuestionamiento de los estereotipos de la feminidad impuestos a las mujeres y a la vez buscan sacar a la luz la propia voz, el relato de la propia experiencia. En este contexto es en el que se inscribe la vida y la obra de R.S.S.

Rocío Silva Santiesteban, haciendo suyas las palabras de la periodista Maruja Barrij, se define como una «pequeño burguesa ilustrada», autodefinición que nos da una idea de la posición desde la que escribe.



Hasta mediados del siglo xx la literatura escrita por mujeres había sido considerada y etiquetada como una literatura menor: anclada en lo privado (lo cotidiano y la familia), ausente de nivel simbólico, fragmentaria, subjetivista, sentimental, etc., con un sentido claramente peyorativo. Desde la crítica literaria feminista se ha buscado dar la vuelta y subvertir el valor que se les ha otorgado a estos textos y hacer una reivindicación de «lo íntimo» en la literatura. ¿De qué van a escribir las mujeres si lo público les está vedado? En este sentido la autora afirma: «La mujer posee esa ansiosa búsqueda de lo íntimo, de lo interior, busca una trascendencia en lo cotidiano […], porque una mujer escribe desde los márgenes, desde lo subalterno, desde otro lugar diferente y diferenciado al lugar del varón en la cultura»[1]. Así lo privado se convierte en político.

El volumen de cuentos que voy a comentar se titula Me perturbas y se publicó en 1994. Es un título muy bien escogido ya que la sensación que produce su lectura es de perturbación. Y se presta a un juego de sentido: ¿a quién perturban estos relatos? ¿al lector? ¿a la sociedad machista peruana? ¿a un sector del feminismo? En este sentido es un libro políticamente incorrecto. Provocador, escalofriante, no deja indiferente, hiere la sensibilidad y no hace concesiones. Relata historias siniestras y marginales. Los personajes de estos cuentos están marcados por la incomunicación y la violencia. Los cuentos suelen reducirse, a excepción de «El limpiador», a una sola escena que se narra in media res, sin poner en antecedentes al lector, que va intuyendo retazos de la historia mediante pinceladas. No se reconoce en ellos un entorno social, no se mencionan calles o hechos que guíen al lector sobre dónde se desarrollan los acontecimientos, más que en un par de cuentos en los que se menciona Lima. En este sentido, es claramente subjetivista. Para ilustrar un poco más concretamente los cuentos voy a referir en pocas palabras el argumento de cada uno de ellos: En Aura, una anciana instruye a una mujer joven sobre cómo matar a un hombre, mutilándolo. Esas cosas que piensan las mujeres narra los sentimientos de soledad de una mujer después de acostarse con un hombre que en realidad no le atrae. Dulce amor mío cuenta una fantasía sexual sadomasoquista llevada a sus últimas consecuencias de muerte. En Aragato bar, una discusión sobre la tristeza acaba con el suicidio de un poeta y la indiferencia de los que le rodean. Del mismo lado, un hombre y una mujer en la cama; ella le guarda rencor porque antes tuvo otra pareja y ella duerme en su lado de la cama. El cuento se resume en su frase final: «Ella le susurró, “te detesto”. Entonces él la deseo más». En Vete de mí, unos antiguos amantes quedan una vez al año para tener un encuentro sexual, pero el ambiente entre ellos es tenso. De su conversación se deduce que mientras ellos están allí la actual pareja de él se está haciendo cortes en la vagina con una cuchilla de afeitar. Este cuento es interesante porque es en el único en el que se hace una mención a sucesos exteriores reconocibles de la violencia que vivía Perú en los 80. «El ambiente y todo aquello que lo rodeaba eran demasiado para él. Sobre todo en los últimos días: las esquirlas de los últimos sucesos (atentados, cochebombas, cadáveres encontrados en los acantilados de la costa, cajas de leche con restos óseos)». En La sustituta. una niña tiene miedo de volverse loca porque se ha tomado por error las pastillas (no sabemos de qué tipo) de su padre, que suponemos un maltratador. Su miedo se va perfilando en temer que su madre, cuando vuelva a casa, no sea ella sino una mujer que se hace pasar por ella, y a pesar de que todo parece una paranoia la ultima frase nos deja la duda de si realmente es así. Deja vú narra precisamente eso, el deja vú de una mujer de clase alta que se torna una pesadilla en la que contempla a su hija muerta. Rara avis es el cuento más irreal. Es el relato de un hombre que vive con un ser fantástico al que describe como un monstruo y que es su mujer y al que después de múltiples vejaciones acaba matando. En El limpiador, un hombre encarga a un sicario que vengue el asesinato de su hija. Este lo hace y termina comiéndose el corazón de su víctima.

El ambiente de la mayoría de los cuentos es pesadillesco, y de todos ellos desasosegante y desolado. Siempre hay en ellos una violencia latente: verbal, psicológica, física o todas ellas. Y en todos, de una u otra forma, la mujer aparece como un ser violentado, por sus compañeros sexuales, por su padre o por la sociedad en general, de una forma cruda y lacerante que bajo mi punto de vista funciona como una denuncia. Rompe con la imagen tradicional del amor, que aquí llega a ser algo aterrador y malsano.
No hay uniformidad en la voz narrativa: hay cuentos en primera persona, a veces hombres, a veces mujeres; y otros relatados por un narrador omnisciente. Lo que aúna las voces creo que es un objetivismo en la forma de narrar, la autora se muestra emocionalmente distante, no da opiniones, pero el lector sí las saca. Los protagonistas son outsiders, marginados, marcados por la dominación y la violencia.
Con respecto a los temas c
onsidero que hay dos leit motiv o ejes que vertebran la obra: el erotismo/lo sexual y la violencia. En muchos de los relatos aparecen mezclados y otros solo son violentos, a secas, aunque bajo mi punto de vista esa violencia siempre está motivada por lo sexual, aunque sea de una forma simbólica o no se explicite en el texto. Los cuentos toman partido y denuncian, desde una reelaboración artística y deconstructivista, nada panfletaria, el machismo imperante en la sociedad en general y en la sociedad peruana en particular., y como ese machismo degenera en violencia y relaciones de dominación/sumisión.

El erotismo funciona como una subversión del lenguaje dominante y de lo racional, símbolos de lo masculino. Creo que hay una intención consciente de conectar con lo visceral, que también es emocional. La pulsión deseante del individuo (las pulsiones y fluctuaciones del deseo). El erotismo trasciende lo cotidiano y abre una puerta a una región diferente del ser. Pero el erotismo de «Me perturbas» es de todo menos complaciente y está cercano a los postulados de Bataille y Sade. Bataille define el erotismo como la presencia de la vida dentro de la muerte y de la muerte dentro de la vida. Para él en la vida existen dos fuerzas: una tiende a la individualización (supervivencia) y la otra tiende a la fusión (descomposición del individuo y por lo tanto muerte). Esta segunda fuerza es la violencia. En el erotismo ambas fuerzas entran en acción. El individuo quiere seguir siendo él mismo y a la vez fundirse con el otro. Él ve esta fusión como destrucción, violencia y muerte. El erotismo entendido como trasgresión, violencia, profanación, voluntad de anularse y anular. El sexo como animalidad que rompe los pudores de la vida cotidiana. El erotismo es una forma de conocimiento a través del cuerpo. Las palabras son controlables, el cuerpo no.

En «Me perturbas» la narradora es una mujer de mediana edad enamorada de Val, un hombre más joven que ella. El cuento supone una revisión del tópico del romance entre una mujer mayor y un hombre joven. Estereotipo en el que la mujer suele salir malparada en las opiniones de los demás, que la juzgan. La acción se desarrolla en un tiempo indefinido, pero corto, en lo que suponemos son unas vacaciones de un grupo de amigos en un hotel. No se explica el por qué les acompaña la narradora. La pasión que siente la mujer se va perfilando como enfermiza en una noche en un bar en la que ella le acaba lanzando un dardo a su amado, por despecho, y como este acto violento parece ser lo único que despierta el deseo del joven por la mujer. Val le pide/ordena que se autolesione. Y los dos últimos párrafos suponen el clímax del cuento con una escena sexual, cuanto menos extraña, que comienza con ella chupándole la sangre de la herida que le ha proferido momentos antes. Este cuento es una deconstrucción de los tópicos del enamoramiento, que aquí no tiene nada que ver con el amor romántico, al que incluso ridiculiza como falso: «Las conversaciones de los amantes son generalmente monosilábicas, […] ¿ah?, ¿qué dices? (…) Todo el resto son situaciones falsas, descritas solo por quienes nunca vivieron hasta hacerse daño, descritas para crear un ambiente rosado y macilento». El objeto de amor no está idealizado, la protagonista es una antiheroína. 

Los personajes solo pueden expresar el amor a través del dolor. Hay dos momentos diferentes en la relación entre estos dos personajes marcados por las frases de la mujer: «Así que debo comportarme como una dama» (guardar las apariencias) y «He dejado de comportarme como una dama» (cuando se abandona al deseo). La descripción que hace la mujer de lo que está sintiendo es muy acertada, con imágenes poderosas. «A todo lo que siento no sé si llamarlo dolor o sosiego o deseo». El discurso se muestra fragmentado, como si siguiera el devenir del pensamiento de la narradora. No se da importancia a lo externo, que se presenta solo a través de pinceladas. El énfasis se pone en el mundo interior. El lenguaje se vuelve cercano a la poesía «los otros giraban el tema como se gira un vaso de cerveza […] casi sin sentir que se está manoseando una cosa transparente. La noche me golpea la cara».
«Si yo pudiera decir tan solo una palabra que fuera cierta diría: me perturbas».

Aunque en este cuento no hay nada explícitamente coital, como en otros, cuando nombra lo sexual lo hace sin circunloquios: «cierro los ojos, entreabro los labios y me vuelvo mucho más fea pero mucho más sexual» y lleva lo sexual al límite con la violencia física. Creo que con esto R.S.S denuncia en sus cuentos la condición de mujer como ser violentado en la sociedad patriarcal, dominación simbolizada por lo sexual: maltrato físico, violaciones etc., pero que se hace patente en todos los aspectos de la vida. La sexualidad como malestar, tradicionalmente rodeada de culpa y de vergüenza. Hay un intento por superar la sexualidad falocéntrica, puesta en práctica, y escrita, teniendo como referencia solo el deseo del hombre.

Es sintomática también la presencia de drogas en estos cuentos. En varios de ellos los personajes consumen ansiolíticos como forma de evasión. El ansiolítico es una droga plenamente posmoderna, y comunmente aceptada entre las clases medias como paliativo del malestar vital.

Aunque desde un enfoque original, estos cuentos se inscriben dentro de una corriente de literatura escrita por mujeres en la que por primera vez se enunciaba el propio cuerpo, la pasión erótica y el deseo de las mujeres. Esta corriente se ha cultivado en Perú sobre todo en poesía a partir de los años 80.

(Esta entrada es una adaptación de un trabajo que presenté para el seminario Literatura peruana en contexto impartido por la profesora Raquel Garcia Borsani en Berlín en el año 2009).




[1] Rocío Silva Santiesteban: «Basta ser mujer para escribir como mujer», en El combate de los ángeles. Literatura, género y diferencia.

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